Edwin Minota creció en La Playita, Buenaventura, en un entorno de aparente paz donde, como él mismo dice, “éramos felices, lo teníamos todo sin tener nada”. Hijo de una modista que le enseñó la disciplina del trabajo, su vida se tejió entre el rap, el fútbol y el filo de la tijera, convirtiendo la barbería en un arte y en una herramienta de dignificación para su comunidad.
Sin embargo, la violencia organizada vio en su liderazgo natural y en la organización de los jóvenes una “piedra en el zapato”. El conflicto armado lo convirtió en víctima por primera vez, cobrando la vida de más de 15 compañeros barberos y obligándolo a un primer exilio interno. La segunda y definitiva amenaza llegó cuando, al frente de la Junta de Acción Comunal en San Antonio, gestionó proyectos que molestaron directamente a los grupos armados. Tras una filtración de información, una violenta balacera irrumpió en su barrio, forzándolo a dejar “todo tirado” y emprender la ruta del asilo, una decisión de vida o muerte.
El proceso de migración fue otra prueba de fuego. Tras ser devuelto en México, sintió que estaba “muerto”, escondido y aterrorizado. Pero la resiliencia de su tierra no lo abandonó. Ya en Estados Unidos, Edwin comprendió que su experiencia como víctima y como líder debía resurgir.
Hoy, lejos de las fronteras invisibles, ha vuelto a tomar las riendas de su comunidad, capacitándose para orientar y apoyar a otros migrantes y víctimas en procesos cruciales de asilo. Esta es la historia de un hombre que, con unas tijeras en la mano, demostró que el liderazgo florece en cualquier tierra y que el exilio se transforma en una nueva forma de servicio. Escucha cómo se teje la memoria desde la distancia, y por qué Edwin está convencido de que, a pesar de todo, “Colombia es el súper país”.

